platforms

“Las desigualdades del microtrabajo siguen las tensiones del colonialismo” (entrevista La Razon, Bolivia, 22 julio 2018)

Entrevista publicada en Animal Político, suplemento del diario boliviano La Razón.

Antonio Casilli: Trabajador digital, el ‘invisible’

Interactuar en internet también es ‘trabajar’, pues se consume produciendo; tal su provocación.

El sociólogo italiano Antonio Casilli

Iván Bustillos es periodista 08/08/2018 03:45 PM

La Paz•Hace algunos días, estuvo en Bolivia el sociólogo italiano Antonio Casilli, vino a presentar el libro Trabajo, conocimiento y vigilancia. 5 ensayos sobre tecnología, texto publicado por la Agencia de Gobierno Electrónico y Tecnologías de Información y Comunicación (Agetic). Uno de los más renombrados “sociólogos de internet” en Europa, Casilli propone interesantes tesis de lo que sería el “trabajador digital”, la vigilancia masiva por internet y su conflicto con la privacidad, y la construcción del conocimiento en las redes. Con un mundo diferenciado pero global, provoca mirar internet de otro modo.

— La creencia generalizada es que los robots nos están quitando el trabajo. Parece que usted tiene otra percepción del asunto.

— Diré que es al revés, que más bien son los seres humanos los que están tomando el trabajo de los robots. La idea de que los robots van a tomar el trabajo de los humanos es muy vieja, del siglo XIX, cuando pensábamos que las primeras máquinas a vapor iban a reemplazar el trabajo humano. Eso no ha pasado. Son las máquinas las que cambian, se renuevan; cada vez que hay una nueva ola de nuevas máquinas siempre vuelve la misma profecía de que éstas nos van a reemplazar. Ahora estamos con máquinas digitales, que para poder funcionar requieren de un trabajo y entradas en el sistema; esas entradas son el trabajo digital.

— Usted dice que el trabajo digital es invisible, disperso, precario, menos solidario…

— Que quede claro que el trabajo digital no es el de los expertos, de los ingenieros que crean el software. Se trata más bien de personas, que ya se puede llamar ‘proletariado digital’, que hacen tareas muy simples, estandarizadas, a las que se paga muy poco, hasta no se les paga. Estamos ante un trabajo que no se ve, porque está invisibilizado a propósito por los creadores de las plataformas. No es invisible por su esencia, es invisibilizado por los propietarios de dichas plataformas. Es trabajo que no está reconocido como tal, porque los trabajadores están considerados consumidores; además, hay trabajadores que hacen tareas tan pequeñas que no se consideran trabajo, sino microtrabajo. Estos falsos consumidores y los microtrabajadores realizan una labor muy importante, que es entrenar a las inteligencias artificiales.

— ¿Esto es propio de los países centrales, de alta tecnología, o se despliega también en otros del Tercer Mundo, digamos?

— Es un fenómeno global, que no es solo para los países de alto ingreso; sin embargo, el valor que es generado por este microtrabajo no está repartido de manera igual. Los países centrales, del norte, son los que han comprado este microtrabajo y sacan provecho de él. Si nos fijamos dónde viven los microtrabajadores, que reciben los ingresos (más) bajos, vienen de los países en vías de desarrollo o países pobres; entonces, son ellos los que realizan este microtrabajo. Vemos que las desigualdades que reflejan este microtrabajo, en general, siguen las mismas tensiones que ha producido el colonialismo.

— Este trabajador digital, señala usted en otra parte, llega a cien millones; y si hay algo que lo distingue es que es ‘consumidor-productor’. Parece que el solo hecho de usar internet ya no es tan inocente como antes.

— En efecto. Claro que cien millones se refiere a los microtrabajadores que reciben algunos centavos para estas microtareas. Pero, si empezamos a hablar de los consumidores-trabajadores, ahí hablamos de miles de millones de personas; en realidad, cada uno de nosotros. Aparte de que tengamos un trabajo propio, realizamos estas microtareas y generamos valor.

— Parece que también ha cambiado el concepto de empresa.

— Las plataformas no son como las empresas del siglo XX. La característica de las empresas era la centralización de algunas funciones y la fidelización de los trabajadores con un salario. Fuera de la empresa era el lugar del mercado; pero hoy las plataformas son como un híbrido entre empresa y mercado: como empresa, centralizan y acumulan las ganancias; pero como mercado, allí fluctúan los precios. Por ejemplo, la plataforma Amazon es, de un lado, una empresa que centraliza las ganancias y que estructura de una manera muy jerárquica el trabajo; pero, de otro lado, es una plaza de mercado, donde fluctúan los precios, que incorpora a estos consumidores-trabajadores, a los microtrabajadores.

— ¿Hay experiencias de defensa  de este microtrabajo; que los sindicatos se estén renovando?

— En algunos países los sindicatos están cambiando y se están interesando en los trabajadores digitales. Experiencias en Francia y Alemania. Sindicatos muy importantes han creado plataformas digitales para proteger a los trabajadores del sector digital. También se apoya a trabajadores de África o de Asia, que son los que más realizan el microtrabajo. Hay esfuerzos de hacer plataformas cooperativas, basadas en el principio de hacer evolucionar las plataformas para alejarse del concepto capitalista.

— ¿Y el Estado? ¿Qué papel está jugando en esta nueva realidad?

— Es difícil, porque los Estados que yo conozco son los europeos, y éstos buscan tener alianzas con las plataformas capitalistas y no defender a los trabajadores, porque consideran que la presencia de estas plataformas en su territorio va a ser una fuente de ingresos y riqueza, y también una fuente de datos masivos de vigilancia sobre los trabajadores. Pero, sí hay una forma de cambio que puede aparecer en la relación entre Estados y plataformas, que es a través de la fiscalización. Francia, y de manera general Europa, de último están pensando cómo utilizar la fiscalización para sacar impuestos sobre la cantidad de datos producidos en cada uno de los países, y cómo utilizar estos ingresos para financiar políticas redistributivas.

— Vigilancia masiva y datos privados. ¿La sola fecha de nacimiento es un dato que puede venderse, o responder sobre gustos, colores, lo que fuera?

— Cuando hablamos de los datos personales en las plataformas, como Facebook, en realidad estamos hablando de datos realmente muy colectivos. Si usted comparte en las plataformas qué música le gusta o qué opiniones políticas tiene, en realidad está dando también información sobre todo el entorno, su familia, sus amigos. Porque los grupos en estas plataformas se conforman en base a intereses comunes. Por eso digo que no hay nada más colectivo que un dato personal. Entonces, el que la plataforma se esté apropiando de los datos de una persona en realidad significa que se está adueñando de un grupo, de una cadena de personas, que de poco en poco llega a ser la humanidad entera. Porque la estructura misma de estas plataformas hace que cada uno de nosotros esté relacionado con cualquier otra persona a través de cinco o seis grados de separación, o hasta menos. ¿Qué significa grado de separación? significa que entre yo y Putin, el presidente de Rusia, por ejemplo, hay solamente cuatro personas, que yo conozco a alguien que conoce a alguien que conoce a alguien que conoce a Putin. Lo mismo entre yo y un microtrabajador en Filipinas. Entonces, cada dato que se me roba a mí es también un dato que se roba al resto de estas personas.

— ¿Se puede vender información, tendencias, estadísticas…?

— En general, estos datos no son vendidos como tales, sino que están monetizados. Significa que se provee un acceso a estos datos, una suscripción, a otras plataformas, empresas, Estados, medios de comunicación; esta monetización de los datos provee a estas grandes empresas un gran flujo de efectivo. Pero esto no es lo único: además de vender el acceso a estos datos, también se los conserva dentro de las plataformas para poder entrenar las inteligencias artificiales, entrenar los modelos de aprendizaje automático, hacer que los robots aprendan a comportarse de la misma forma que las plataformas.

— En la construcción de conocimiento en internet, la idea básica parece: todos contribuyen, pero siempre hay alguien que monitorea, Wikipedia, Google.

— Primero hay que entender que Wikipedia no es solo una enciclopedia, sino una galaxia de enciclopedias en varios idiomas. Hasta ahora la Wikipedia con más influencia es la versión en inglés. Pero el problema no es tanto el de Wikipedia, sino de Google, esto porque Wikipedia ha regalado toda su base de conocimiento a Google, a cambio de facilitar el acceso; así, si alguien busca a Antonio Casilli en Google, el primer resultado va ser Wikipedia; entonces, quien controla Wikipedia de alguna forma controla a Google. Por esta razón, cuando alguien quiere influir, introducir un sesgo político en los resultados de Google tiene mucho interés en ir a modificar los artículos de Wikipedia. Aunque Wikipedia es una experiencia colectiva, colaborativa, muy positiva, está rodeada de empresas y plataformas depredadoras, capitalistas, que buscan cómo torcer Wikipedia para sacarle provecho. El desafío más grande en este sentido es construir una plataforma de conocimiento común que logre ser independiente, que no pueda ser apropiada por las otras plataformas (de concepto capitalista).

Antonio Casilli. Presentó el libro Trabajo, conocimiento y vigilancia. 5 ensayos sobre Tecnología (Agetic, Embajada de Francia, 2018). Ensayos del autor en los últimos diez años sobre el impacto de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación en el mundo laboral, la privacidad y el saber.

Why Bolivia matters to the future of digital economies (plus three talks and one new book!)

It’s been a few months in the making, and now it’s happening: I’ll be in Bolivia to deliver a few talks, promote my new book in Spanish, meet a bunch of interesting people, and travel into the future of digital economies in the world’s largest salt flats (skip to the end of this post to know more about this specific point).

Bolivia is an effervescent nation that has embarked in an ambitious plan for digital transition, with, among many other things, the recently approved “law of digital citizenship” (ley de ciudadanía digital) and the creation of governmental bodies devoted to the implementation of data-related and digital technology-enhanced policies, such as the AGETIC (Agencia de Gobierno Electrónico y Tecnologías de Información y Comunicación) and the ADSIB (Agencia para el Desarrollo de la Sociedad de la Información). Also, there are lively cultural debates, grassroots projects, hackerspaces, tech hubs, independent ISPs, hackatons, game jams, etc. going on in the major cities of La Paz, Cochabamba, Santa Cruz, Potosì.

What I’ll be doing in Bolivia? I’ll discuss collective ownership of data and how to overcome digital labor by adopting suma irnakaña (which, in aymara language, means “knowing how to work”) with students, academics, activists, and policymakers. Here’s the schedule so far (click to enlarge):

 

 

Tue, July 10, 2018,
10AM
Universidad Mayor de San Andrés (UMSA)
Auditorio de la carrera de sociología
Piso 2, Edificio René Zavaleta
La Paz

 

 

Tue, July 10, 2018,
6:30PM
Centro cultural Simon I. Patiño
Potosi 1450
Cochabamba

 

 

Wed, July 11, 2018,
7PM
Hall de la Vicepresidencia del Estado
calle Mercado,
esquina Ayacucho
La Paz

These conferences will also allow me to say a few words about my new book, which is actually an anthology of articles and chapters that I’ve published in the last decade, plus an unpublished essay about artificial intelligence and micro-work. It is also my first book published in Spanish EVER, so I’m pretty excited. The title is Trabajo, conocimiento y vigilancia. 5 ensayos sobre tecnología (“Work, Knowledge, and Surveillance. Five essays on technology”) and it has been edited by Khantuta Muruchi, to whom goes my gratitude.

The chapters featured in this book are: A History of Virulence: The Body and Computer Culture in the 1980s (initially published in the journal Body & Society, 2010); The Wikipedian, the academic, and the vandal, (initially published in the book “Wikipédia, objet scientifique non identifié”, 2015); Four Theses on Digital Mass Surveillance and the Negotiation Of Privacy (initially presented at the 8th Annual Privacy Law Scholar Congress, Berkeley, USA, 2015); Is There a Global Digital Labor Culture? Marginalization of work, global inequalities, and coloniality (initially presented at the 2nd symposium of the PARGC, University of Pennsylvania, Philadelphia, USA, 2016);  Artificial Intelligence: will humans replace robots? (unpublished).

What else… I’ll be travelling to the Salar de Uyuni, the world’s largest salt desert and the host of one of the biggest plants for the processing of lithium. Seems pretty remote from my topics, doesn’t it? And yet it has to a lot to do with the continuities between material and immaterial economies. In an essay published in 2016 in the Monthly Review, Christian Fuchs argued that present-day international division of digital labor involves “human subjects using technologies of labor on objects of labor” produced by assembly workers building digital equipments using natural resources as inputs. Thus, “the very foundation of global digital labor” is the extraction and processing of minerals.

In particular, recent researches have highlighted the importance of Rare earth elements (REE) and critical metals in the energy transition. And this is where countries like Bolivia come into play. Such minerals are crucial parts of the digital transformation that is at the heart of my research activity. In particular, lithium impacts both automation and digital labor. Imagine a 100% electric vehicle world: lithium demand would multiply by thirty to propell the cars. When it comes to mobile phones batteries, lithium is of capital importance: users worldwide are expected to exceed five billion by next year, thus lithium’s demand is expected to increase +2898% according to a recent UBS estimate. To start looking into how REE mining influences information production, I decided to visit the plantas de industrialización de litio in the Salar de Uyuni (which, incidentally, looks pretty lunar this time of the year, with temperatures plummeting to -10 at night…).

So whish me good luck and buen viaje and stay tuned for more info from South America.

Why Facebook users’ “strikes” don’t work (and how can we fix them)?

Another day, another call for a Facebook “users’ strike”. This one would allegedly run from May 25 to June 1, 2018. It seems to be a one-man stunt, though (“As a collective, I propose we log out of our Facebook…”). Also, it claims to be “the first ever” strike of this kind.

Yet, since the Cambridge Analytica scandal, new calls for strikes have been popping up every few days. As far as I know, the first one dates back to March 21 (although the actual strike is scheduled on May 18, 2018). The organizer is a seasoned Boston Globe journo, who likely just discovered what digital labor is and is SO excited to tell you:

“I like the idea of a strike, because we users are the company’s real labor force. We crank out the millions of posts and photos and likes and links that keep people coming back for more.”

On April 9, 2018 an an obscure Sicilian newspaper called a strike action (which, in Italian, sounds like “sciopero degli utenti di Facebook”). It actually turned out to be an article about the “Faceblock” which did take place on April 11, 2018. It was a 24-hour boycott against Instagram, FB and WhatsApp organized by someone who describe themselves as “a couple of friends with roots in Belgium, Denmark, Ireland, Italy, Malta, Mexico, the UK and the US” (a tad confusing, if you ask me).

Of course, May 1st was a perfect time to call for other Facebook strikes. This one, for instance, is organized by a pseudonymous “Odd Bert”, who also mentions a fictional Internet User Union (which seems to be banned by Facebook). This other one looked a bit like some kind of e-commerce/email scam, but produced three sets of grievances.

“On May 1st, 2018, Facebook users are going on strike unless the company agrees to the following terms:

A. Full Transparency for American and British Voters

  1. Facebook shares the exact date it discovered Russian operatives had purchased ads.
  2. Facebook shares the exact dollar amount Russian operatives spent on political ads.
  3. Facebook shares the 3,000+ ads that Russian operatives ran during 2016.
  4. Facebook reveals how many users saw the fake news stories highlighted by BuzzFeed.
  5. Facebook lets an independent organization audit all political ads run during 2016.
  6. Facebook gives investigators all “Custom Lists” used for targeting 2016 political ads.
  7. Facebook stops running paid political ads until January 1st, 2019.
  8. Mark Zuckerberg (CEO) and Sheryl Sandberg (COO) testify before Congress in an open-door (televised) session.
  9. Mark Zuckerberg and Sheryl Sandberg testify before the UK parliament.

B. Full Transparency and Increased Privacy for Facebook Users

  1. Facebook explains to users exactly what personal data is being used for advertising.
  2. Facebook asks users for itemized consent to use photos, messages, etc. for advertising.
  3. Facebook gives users the ability to see a “history” of all the ads they have viewed.
  4. Facebook lets an independent organization investigate all data breaches since 2007.
  5. Facebook agrees to be audited monthly to make sure it is complying with local laws.
  6. Facebook allows users to easily delete their “history” on the platform.

C. Better Safety for Children on Facebook

  1. Facebook increases the minimum age for Facebook users from 13 to 16.
  2. Facebook shuts down the Messenger Kids product.”

Users’ strikes are hardly new. In 2009, the Spanish social media Tuenti was concerned by a huelga de los usuarios against their terms of service. In 2015, Reddit users disrupted the platform when they revolted en masse in solidarity with a wrongly terminated employee. On Facebook, users’ collective action is inherent to the life of the platform, whose history is replete with examples of petitions, lawsuits, and class actions. After the introduction of Beacon in 2007, a 50,000-strong petition led to its discontinuation. In 2010 several users’ groups organized and lobbied US senators and the Federal Trade Commission (FTC) to oppose the introduction of the ‘like’ button social plugin on external websites. In 2011, the association Europe versus Facebook filed numerous complaints with the Irish Data Protection Commissioner (DPC) and a class action which is presently discussed by the Court of Justice of the European Union. In 2016, the real-life protests and general mobilization against the introduction of Free Basics in India led to its successful ban by the telecommunication authority TRAI, over net neutrality and privacy concerns.

As my co-authors and I argued in our 2014 book Against the Hypothesis of the ‘End of Privacy’, the adoption of pervasive data collection practices by social platforms has been highly contentious, with frequent and cyclical privacy incidents followed by strong mass reactions. What these reactions have in common is that they are strategic, organized, collectives actions that rely on existing communities. Which could provide essential clues as to why the 2018 Facebook strikes are so ineffective. Their do not seem to be organized by active members of existing communities and they certainly do not engage with elected officials or institutional bodies. They are launched by journalists, startup bros, anonymous users trying to get noticed. These persons’ idea of grassroots is a naive one: one heroic individual (or a nonexistent “union”) sparks a revolt, hence the masses follow.

Importantly, they seem to put excessive faith in strikes seen as their only available tactic. A recent article published by a group of Stanford and Microsoft computer scientists captures this romanticized vision of “powerful” industrial actions where users stand hand in hand and nobody crosses the picket line:

“Data laborers could organize a “data labor union” that would collectively bargain with siren servers. While no individual user has much bargaining power, a union that filters platform access to user data could credibly call a powerful strike. Such a union could be an access gateway, making a strike easy to enforce and on a social network, where users would be pressured by friends not to break a strike, this might be particularly effective.”

Nevertheless, as past experiences on social platforms have taught us, successful actions adopt a specific repertoire of contention dominated not by strikes (which are usually costly and difficult to coordinate) but by lobbying and litigation. If we expect Facebook users grievances to be heard, a comprehensive and wide-ranging strategy is necessary to boost their rights. Community, organization, and the selection of effective tools are the three pillars of collective action.

Pour un tournant décolonial numérique (Télérama, 5 févr. 2018)

Dans Télérama, l’entretien accordé au journaliste Romain Jeanticou.

La domination des géants du numérique est-elle un nouveau colonialisme ?

Romain Jeanticou Publié le 05/02/2018.

Google, Apple, Facebook, Amazon, Microsoft… En offrant nos données personnelles à ces géants aussi puissants que des Etats, nous les laissons nous exploiter, selon le sociologue et chercheur italien Antonio Casilli, qui plaide pour un “tournant décolonial numérique”.

On les dit plus puissants que certains Etats. Les géants de l’économie numérique – Google, Apple, Facebook, Amazon et Microsoft en tête – n’ont qu’à jeter un œil par les fenêtres que nous leur ouvrons sur nos vies pour savoir ce que nous faisons, ce que nous consommons ou ce à quoi nous rêvons. Sans nous en rendre compte, nous produisons chaque jour, gratuitement, et parfois même avec délectation, des données personnelles monétisées et revendues à des entreprises tierces ou à des Etats. L’autonomie des utilisateurs vantée par les plateformes cache en réalité l’exploitation de cette production bénévole : nous travaillons tous gratuitement pour Facebook ou Google. Nous serions même devenus de la « chair à algorithmes », comme le dénonce une tribune datée du 5 février, parue dans Le Monde, invitant chacun à monnayer ses données personnelles. 

Une position à laquelle s’oppose fermement le sociologue et chercheur italien Antonio Casilli, maître de conférences en humanités numériques à Télécom ParisTech et auteur, en 2010, des Liaisons numériques. Vers une nouvelle sociabilité ? (éd. Seuil). Dans un article paru en fin d’année dernière dans la revue académique américaine International Journal of Communication, il met toutefois en parallèle la « mise au travail » des internautes avec les modes de subordination appliqués à ses travailleurs par l’économie numérique. Dans le Nord – les chauffeurs Uber – mais aussi et surtout dans le Sud – les employés des « fermes à clics », ces « micro-travailleurs » engagés pour accomplir de toutes petites tâches censées enrichir ces mêmes plateformes.

Ces asymétries et ces rapports de force font émerger un discours critique de la situation de puissance des entreprises du numérique, de plus en plus assimilée à une forme de colonisation. Pour autant, Antonio Casilli appelle à définir ces relations de pouvoir inédites à l’aide de nouveaux concepts, parmi lesquels la « colonialité ».

Est-il pertinent de comparer les géants du numérique à des Etats ?

C’est très cohérent avec la rhétorique commerciale de ces entreprises. Etre comparé à un Etat est très flatteur lorsque l’on se présente comme capable de le remplacer. Plusieurs dirigeants des entreprises de la Silicon Valley sont proches des postures politiques libertariennes qui prônent le remplacement des structures publiques par des sociétés privées. Lorsque Google propose aux villes de développer des services de « smart cities », à Toronto par exemple, elle cherche à se substituer aux administrations locales. En développant ces services, ces entreprises nous mettent face à la possibilité de nous passer d’un gouvernement démocratiquement élu. Cette posture est possible parce que nos démocraties sont imparfaites et montrent leurs limites : depuis le tournant néolibéral de la fin du siècle dernier, elles ne garantissent plus le minimum de services indispensables d’un Etat-providence. Cette déficience crée un appel d’air qui permet aux plateformes de s’imposer comme fournisseurs de ces services tout en créant une proximité avec les citoyens. Avec un téléphone dans sa poche, on est toujours plus proche d’Apple que de l’administration publique.

Les tâcherons du clic

Selon vous, la dynamique d’exploitation de ces plateformes est double : la mise au travail des utilisateurs dans les pays riches, celle des micro-travailleurs dans les pays pauvres. Nous serions tous des ouvriers du travail numérique.

Ces plateformes, même les plus ludiques, sont basées sur des mécanismes de mise au travail de leurs usagers. Quatre milliards d’êtres humains connectés produisent en permanence des biens, des contenus et des données qui constituent l’actif immatériel de ces plateformes. Ceux-ci sont ensuite revendus et monétisés à des entreprises tierces ou à certains Etats. Vos recherches Internet permettent par exemple à des sites de vente en ligne de vous proposer des publicités ciblées. Il faut ajouter à cela une utilisation de ces données à des fins d’automatisation, c’est-à-dire pour l’apprentissage des machines à intelligence artificielle qui seront chargées d’évaluer, d’analyser et de trier ce contenu.

Ces bases de données sont produites quotidiennement par nous-mêmes, mais aussi par des « tâcherons du clic », ces travailleurs rémunérés en centimes pour cliquer sur des publicités ou modérer du contenu. Ils évoluent dans des conditions de précarité et de volatilité de revenus extrêmes. Le tout sans encadrement contractuel ni protection sociale. Cette économie est florissante dans le sud de l’hémisphère : dans les pays émergents ou en voie de développement comme les Philippines, l’Inde, le Népal, le Mexique, la Colombie…

Comment les gouvernements occidentaux participent-ils à la construction de ces systèmes de domination et d’exploitation ?

Il y participent par omission. A l’exception de certains efforts de réflexion comme ceux de France Stratégie [institution d’expertise rattachée au cabinet du Premier ministre, ndlr] ou du Conseil national du numérique en France, on assiste à une forme d’aveuglement des gouvernements face au développement de l’automatisation. Ils n’y voient que l’aspect technique – la montée en puissance de l’intelligence artificielle – et oublient l’humain dans l’équation – les ouvriers chargés d’entraîner les machines. Cette économie n’est pas faite que de robots, ni seulement d’ingénieurs ou d’experts de la gestion de données. Elle épouse même des formes de délocalisation : les entreprises occidentales achètent du clic à des usines de micro-travailleurs au Kenya ou en Thaïlande pour augmenter leurs revenus. C’est parfois cohérent avec l’histoire coloniale de certains pays : la France en Afrique, le Royaume-Uni en Inde, les Etats-Unis aux Philippines… Comme de nombreux autres secteurs de l’économie mondiale, cette mise au travail est construite sur des formes d’asymétrie globale qui ont affaire à des logiques d’exploitation historiques du Sud par le Nord.

Cette nouvelle économie est parfois comparée à du « néocolonialisme » ou à du « cybercolonialisme ». Quelles sont les limites de ces comparaisons ?

La première est l’historicisation immédiate qui en résulte. Le terme « colonialisme » a une histoire, celle de catastrophes humaines et économiques dont les effets courent encore sur de nombreux territoires de l’hémisphère Sud. Le récupérer, c’est risquer l’appropriation et l’effacement de ces spécificités historiques.

La deuxième limite se trouve dans la coupure opérée entre le Nord, que l’on assimilerait à de la production à forte valeur ajoutée et à de la contribution intellectuelle, et le Sud, qui ne produirait que de la matière brute. Ce dualisme contient un jugement de valeur qui fait fi de la production massive de contenu culturel dans le sud du monde. En Chine, on trouve à la fois d’immenses usines à clics et certaines des structures les plus innovantes de la planète en matière de haute technologie.

Enfin, il faut éviter de tomber dans le piège de l’orientalisme : en reléguant le Sud à un schéma statique et passif, on l’éloigne de toute évolution possible. Cette exotisation mène à considérer ces pays comme des territoires arriérés incapables de se défaire de leur position historique. En réalité, beaucoup ont la volonté de devenir compétitifs dans le secteur technologique, à l’image d’une ville comme Bangalore, aujourd’hui considérée comme la Silicon Valley indienne grâce à son important pôle de recherche et de production.

Un travail exploité et invisibilisé

A « colonialisme », vous préférez le concept philosophique de « colonialité ». Pourquoi ?

C’est un concept initié par le chercheur Nelson Maldonado-Torres, qui cherche à élargir la notion de colonialisme. Nous avons besoin d’une notion qui exprime ces formes d’asymétrie politique, économique et culturelle entre le Nord et le Sud tout en dépassant les caractéristiques historiques du colonialisme. La colonialité est détachée de l’expérience coloniale dans le sens où elle renvoie à un ressenti que l’on peut tout aussi bien trouver dans des pays sans histoire coloniale, voire dans des pays du nord de la planète. Lorsque l’on exploite ou vole nos données, nous sommes tous dans cette situation où le travail que nous fournissons pour ces entreprises est exploité et invisibilisé.

Vous plaidez désormais pour un « tournant décolonial numérique ».

On y vient petit à petit. De plus en plus de personnes se rendent compte de cette mise au travail et de sa non-reconnaissance, autant dans le nord que dans le sud. Cette prise de conscience se retrouve chez les chercheurs, mais aussi chez les travailleurs. Pensons aux luttes syndicales en cours : les travailleurs d’Uber et autres Deliveroo contestent partout le management algorithmique auquel ils sont soumis. Ajoutons à cela les groupes d’utilisateurs qui se demandent comment redistribuer la valeur créée sur ces plateformes, via la fiscalité numérique ou la contractualisation des algorithmes, pour contrôler la production de leurs contenus. Les syndicats en France, au Royaume-Uni, en Italie ou en Allemagne s’emparent de ces questions, mais dans le sud aussi une prise de conscience est en cours pour contrer la puissance de ces plateformes, à l’image de l’Inde et du Brésil qui se sont opposés à Facebook et WhatsApp.

 

 

100 milioni di microlavoratori e… 4 miliardi di operai del click (Il Manifesto, Italia, 27 genn. 2018)

Nell’edizione del 27 gennaio 2018 de Il Manifesto, l’inserto settimanale Alias ospita una dossier assai completo su lavoro, piattaforme e nuove prospettive dell’azione politica in cui compare un mio lungo articolo intitolato Sulle piattaforme digitali siamo tutti operai del click. Fra le altre firme presenti in occasione dell’uscita di “Forza Lavoro”, il nuovo libro di Roberto Ciccarelli, ritroviamo Ippolita, Toni Negri, Valerio De Stefano, Tiziana Terranova.

Micro-lavoratori di tutto il mondo… (Rassegna Sindacale, Italia, 17 sett. 2017)

Riassunto della mia lectio magistralis alle Giornate del Lavoro della CGIL. Qui il video del mio intervento.

 

 

[Compte rendu séminaire #ecnEHESS] Trebor Scholz “Unpacking Platform Cooperativism” (7 déc. 2015)

Dans le cadre de mon séminaire EHESS Étudier les cultures du numérique : approches théoriques et empiriques, nous avons eu le plaisir d’accueillir Trebor Scholz, professeur à la New School for Social Research de New York, où depuis 2009 il coordonne les conférences sur le digital labor dont les actes ont été recueillis dans l’ouvrage Digital Labor: The Internet as Playground and Factory (Routledge, 2012).  Paola Tubaro (LRI-CNRS) assurera le rôle de discutante.

De manière exceptionnelle, cette séance du séminaire s’est déroulée en anglais, le lundi 7 décembre 2015, de 17h à 20h, Amphi B310 de Télécom ParisTech, 46 rue Barrault, 75013 Paris. (A partir de janvier 2016, les séances reprendront à la même heure, en salle 5, EHESS, 105 bd Raspail 75006 Paris).

Retrouvez le livetweet du séminaire sur Twitter : hashtag #ecnEHESS.

Title: Unpacking Platform Cooperativism

Speaker: Trebor Scholz (New School, NYC)

Discussant: Paola Tubaro (LRI-CNRS, Paris)

Abstract: The distrust of the dominant extractive economic model is growing. Companies in the on-demand economy have been criticized for the “nullification of Federal Law,” the elimination of democratic values like accountability, dignity, and rights for workers. Every Uber has an unter; old command has been replaced with new command. However, trying to reverse the spread of contingent work seems futile; it is hard to imagine a return to the days when most people worked a 40-hour week.
Silicon Valley loves a good disruption, so let’s give them one. At the example of five different types of platforms, Scholz will offer ten principles for platform cooperativism and then aim to join the various pieces that make up this puzzle, ranging from ownership, financing, free software, design, and governance, to scale. It is about structural change, cooperative and municipal ownership models, legal protections, inventive unions, a redefinition of innovation, and collective decision-making.

Voilà un commentaire en anglais sur le blog de Paola Tubaro et le Storify de l’événement, concocté par Nicolas Loubet.

Les slides des séances précédentes :

Prochaines séances :

  • 4 janvier 2016Geoffrey Delcroix, Vincent Toubiana (CNIL), Martin Quinn (CVPIP) “Combien coûte un clic : données, industries culturelles et publicité”.

  • 1 février 2016Yann Moulier-Boutang “Capitalisme cognitif et digital labor”.

  • 7 mars 2016Jérôme Denis (Télécom ParisTech) et Karën Fort (Université Paris-Sorbonne) “Petites mains et micro-travail”.

  • 4 avril 2016Camille Alloing (Université de Poitiers) et Julien Pierre (Université Stendhal Grenoble 3) “Questionner le digital labor par le prisme des émotions”.

  • 2 mai 2016Judith Rochfeld (Paris 1 Panthéon-Sorbonne) et Valérie-Laure Benabou (UVSQ) “Le partage de la valeur à l’heure des plateformes”.

  • 6 juin 2016Bruno Vétel (Télécom ParisTech) et Mathieu Cocq (ENS) “Les univers de travail dans les jeux vidéos”.