digital labor

[Video] Intervention à la conférence “Les transformations du travail” (Sénat, 24 sept. 2018)

Le 24 septembre 2018 j’étais l’invité de la FÉP (Fondation de l’Écologie Politique) dans le cadre de la conférence “Les transformations du travail”. Voilà la vidéo de mon intervention lors de la table ronde “Les défis sociaux des transformations du travail”, animée par Sandrine Foulon (journaliste à Alternatives Économiques et chroniqueuse pour l’émission On n’arrête pas l’éco sur France Inter), avec  Thomas Coutrot et Pascal Lokiec.

 

“Las desigualdades del microtrabajo siguen las tensiones del colonialismo” (entrevista La Razon, Bolivia, 22 julio 2018)

Entrevista publicada en Animal Político, suplemento del diario boliviano La Razón.

Antonio Casilli: Trabajador digital, el ‘invisible’

Interactuar en internet también es ‘trabajar’, pues se consume produciendo; tal su provocación.

El sociólogo italiano Antonio Casilli

Iván Bustillos es periodista 08/08/2018 03:45 PM

La Paz•Hace algunos días, estuvo en Bolivia el sociólogo italiano Antonio Casilli, vino a presentar el libro Trabajo, conocimiento y vigilancia. 5 ensayos sobre tecnología, texto publicado por la Agencia de Gobierno Electrónico y Tecnologías de Información y Comunicación (Agetic). Uno de los más renombrados “sociólogos de internet” en Europa, Casilli propone interesantes tesis de lo que sería el “trabajador digital”, la vigilancia masiva por internet y su conflicto con la privacidad, y la construcción del conocimiento en las redes. Con un mundo diferenciado pero global, provoca mirar internet de otro modo.

— La creencia generalizada es que los robots nos están quitando el trabajo. Parece que usted tiene otra percepción del asunto.

— Diré que es al revés, que más bien son los seres humanos los que están tomando el trabajo de los robots. La idea de que los robots van a tomar el trabajo de los humanos es muy vieja, del siglo XIX, cuando pensábamos que las primeras máquinas a vapor iban a reemplazar el trabajo humano. Eso no ha pasado. Son las máquinas las que cambian, se renuevan; cada vez que hay una nueva ola de nuevas máquinas siempre vuelve la misma profecía de que éstas nos van a reemplazar. Ahora estamos con máquinas digitales, que para poder funcionar requieren de un trabajo y entradas en el sistema; esas entradas son el trabajo digital.

— Usted dice que el trabajo digital es invisible, disperso, precario, menos solidario…

— Que quede claro que el trabajo digital no es el de los expertos, de los ingenieros que crean el software. Se trata más bien de personas, que ya se puede llamar ‘proletariado digital’, que hacen tareas muy simples, estandarizadas, a las que se paga muy poco, hasta no se les paga. Estamos ante un trabajo que no se ve, porque está invisibilizado a propósito por los creadores de las plataformas. No es invisible por su esencia, es invisibilizado por los propietarios de dichas plataformas. Es trabajo que no está reconocido como tal, porque los trabajadores están considerados consumidores; además, hay trabajadores que hacen tareas tan pequeñas que no se consideran trabajo, sino microtrabajo. Estos falsos consumidores y los microtrabajadores realizan una labor muy importante, que es entrenar a las inteligencias artificiales.

— ¿Esto es propio de los países centrales, de alta tecnología, o se despliega también en otros del Tercer Mundo, digamos?

— Es un fenómeno global, que no es solo para los países de alto ingreso; sin embargo, el valor que es generado por este microtrabajo no está repartido de manera igual. Los países centrales, del norte, son los que han comprado este microtrabajo y sacan provecho de él. Si nos fijamos dónde viven los microtrabajadores, que reciben los ingresos (más) bajos, vienen de los países en vías de desarrollo o países pobres; entonces, son ellos los que realizan este microtrabajo. Vemos que las desigualdades que reflejan este microtrabajo, en general, siguen las mismas tensiones que ha producido el colonialismo.

— Este trabajador digital, señala usted en otra parte, llega a cien millones; y si hay algo que lo distingue es que es ‘consumidor-productor’. Parece que el solo hecho de usar internet ya no es tan inocente como antes.

— En efecto. Claro que cien millones se refiere a los microtrabajadores que reciben algunos centavos para estas microtareas. Pero, si empezamos a hablar de los consumidores-trabajadores, ahí hablamos de miles de millones de personas; en realidad, cada uno de nosotros. Aparte de que tengamos un trabajo propio, realizamos estas microtareas y generamos valor.

— Parece que también ha cambiado el concepto de empresa.

— Las plataformas no son como las empresas del siglo XX. La característica de las empresas era la centralización de algunas funciones y la fidelización de los trabajadores con un salario. Fuera de la empresa era el lugar del mercado; pero hoy las plataformas son como un híbrido entre empresa y mercado: como empresa, centralizan y acumulan las ganancias; pero como mercado, allí fluctúan los precios. Por ejemplo, la plataforma Amazon es, de un lado, una empresa que centraliza las ganancias y que estructura de una manera muy jerárquica el trabajo; pero, de otro lado, es una plaza de mercado, donde fluctúan los precios, que incorpora a estos consumidores-trabajadores, a los microtrabajadores.

— ¿Hay experiencias de defensa  de este microtrabajo; que los sindicatos se estén renovando?

— En algunos países los sindicatos están cambiando y se están interesando en los trabajadores digitales. Experiencias en Francia y Alemania. Sindicatos muy importantes han creado plataformas digitales para proteger a los trabajadores del sector digital. También se apoya a trabajadores de África o de Asia, que son los que más realizan el microtrabajo. Hay esfuerzos de hacer plataformas cooperativas, basadas en el principio de hacer evolucionar las plataformas para alejarse del concepto capitalista.

— ¿Y el Estado? ¿Qué papel está jugando en esta nueva realidad?

— Es difícil, porque los Estados que yo conozco son los europeos, y éstos buscan tener alianzas con las plataformas capitalistas y no defender a los trabajadores, porque consideran que la presencia de estas plataformas en su territorio va a ser una fuente de ingresos y riqueza, y también una fuente de datos masivos de vigilancia sobre los trabajadores. Pero, sí hay una forma de cambio que puede aparecer en la relación entre Estados y plataformas, que es a través de la fiscalización. Francia, y de manera general Europa, de último están pensando cómo utilizar la fiscalización para sacar impuestos sobre la cantidad de datos producidos en cada uno de los países, y cómo utilizar estos ingresos para financiar políticas redistributivas.

— Vigilancia masiva y datos privados. ¿La sola fecha de nacimiento es un dato que puede venderse, o responder sobre gustos, colores, lo que fuera?

— Cuando hablamos de los datos personales en las plataformas, como Facebook, en realidad estamos hablando de datos realmente muy colectivos. Si usted comparte en las plataformas qué música le gusta o qué opiniones políticas tiene, en realidad está dando también información sobre todo el entorno, su familia, sus amigos. Porque los grupos en estas plataformas se conforman en base a intereses comunes. Por eso digo que no hay nada más colectivo que un dato personal. Entonces, el que la plataforma se esté apropiando de los datos de una persona en realidad significa que se está adueñando de un grupo, de una cadena de personas, que de poco en poco llega a ser la humanidad entera. Porque la estructura misma de estas plataformas hace que cada uno de nosotros esté relacionado con cualquier otra persona a través de cinco o seis grados de separación, o hasta menos. ¿Qué significa grado de separación? significa que entre yo y Putin, el presidente de Rusia, por ejemplo, hay solamente cuatro personas, que yo conozco a alguien que conoce a alguien que conoce a alguien que conoce a Putin. Lo mismo entre yo y un microtrabajador en Filipinas. Entonces, cada dato que se me roba a mí es también un dato que se roba al resto de estas personas.

— ¿Se puede vender información, tendencias, estadísticas…?

— En general, estos datos no son vendidos como tales, sino que están monetizados. Significa que se provee un acceso a estos datos, una suscripción, a otras plataformas, empresas, Estados, medios de comunicación; esta monetización de los datos provee a estas grandes empresas un gran flujo de efectivo. Pero esto no es lo único: además de vender el acceso a estos datos, también se los conserva dentro de las plataformas para poder entrenar las inteligencias artificiales, entrenar los modelos de aprendizaje automático, hacer que los robots aprendan a comportarse de la misma forma que las plataformas.

— En la construcción de conocimiento en internet, la idea básica parece: todos contribuyen, pero siempre hay alguien que monitorea, Wikipedia, Google.

— Primero hay que entender que Wikipedia no es solo una enciclopedia, sino una galaxia de enciclopedias en varios idiomas. Hasta ahora la Wikipedia con más influencia es la versión en inglés. Pero el problema no es tanto el de Wikipedia, sino de Google, esto porque Wikipedia ha regalado toda su base de conocimiento a Google, a cambio de facilitar el acceso; así, si alguien busca a Antonio Casilli en Google, el primer resultado va ser Wikipedia; entonces, quien controla Wikipedia de alguna forma controla a Google. Por esta razón, cuando alguien quiere influir, introducir un sesgo político en los resultados de Google tiene mucho interés en ir a modificar los artículos de Wikipedia. Aunque Wikipedia es una experiencia colectiva, colaborativa, muy positiva, está rodeada de empresas y plataformas depredadoras, capitalistas, que buscan cómo torcer Wikipedia para sacarle provecho. El desafío más grande en este sentido es construir una plataforma de conocimiento común que logre ser independiente, que no pueda ser apropiada por las otras plataformas (de concepto capitalista).

Antonio Casilli. Presentó el libro Trabajo, conocimiento y vigilancia. 5 ensayos sobre Tecnología (Agetic, Embajada de Francia, 2018). Ensayos del autor en los últimos diez años sobre el impacto de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación en el mundo laboral, la privacidad y el saber.

[Video] Trabajo, conocimiento y vigilancia (La Paz, Bolivia, 11 julio 2018)

Presentación de mi libro Trabajo, conocimiento y vigilancia: 5 ensayos sobre tecnología, una antología de mis artículos, originalmente publicados en francés e inglés entre 2010 y 2018. La publicación de este libro fue dirigida por AGETIC y la Embajada de Francia en Bolivia. (Conferencia realizada en la Vicepresidencia del Estado, La Paz, Bolivia, traducida al español del inglés).

Referencia completa:

Casilli, Antonio A. (2018). Trabajo, conocimiento y vigilancia: 5 ensayos sobre tecnología. La Paz, Bolivia: Editorial del Estado.

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Why Bolivia matters to the future of digital economies (plus three talks and one new book!)

It’s been a few months in the making, and now it’s happening: I’ll be in Bolivia to deliver a few talks, promote my new book in Spanish, meet a bunch of interesting people, and travel into the future of digital economies in the world’s largest salt flats (skip to the end of this post to know more about this specific point).

Bolivia is an effervescent nation that has embarked in an ambitious plan for digital transition, with, among many other things, the recently approved “law of digital citizenship” (ley de ciudadanía digital) and the creation of governmental bodies devoted to the implementation of data-related and digital technology-enhanced policies, such as the AGETIC (Agencia de Gobierno Electrónico y Tecnologías de Información y Comunicación) and the ADSIB (Agencia para el Desarrollo de la Sociedad de la Información). Also, there are lively cultural debates, grassroots projects, hackerspaces, tech hubs, independent ISPs, hackatons, game jams, etc. going on in the major cities of La Paz, Cochabamba, Santa Cruz, Potosì.

What I’ll be doing in Bolivia? I’ll discuss collective ownership of data and how to overcome digital labor by adopting suma irnakaña (which, in aymara language, means “knowing how to work”) with students, academics, activists, and policymakers. Here’s the schedule so far (click to enlarge):

 

 

Tue, July 10, 2018,
10AM
Universidad Mayor de San Andrés (UMSA)
Auditorio de la carrera de sociología
Piso 2, Edificio René Zavaleta
La Paz

 

 

Tue, July 10, 2018,
6:30PM
Centro cultural Simon I. Patiño
Potosi 1450
Cochabamba

 

 

Wed, July 11, 2018,
7PM
Hall de la Vicepresidencia del Estado
calle Mercado,
esquina Ayacucho
La Paz

These conferences will also allow me to say a few words about my new book, which is actually an anthology of articles and chapters that I’ve published in the last decade, plus an unpublished essay about artificial intelligence and micro-work. It is also my first book published in Spanish EVER, so I’m pretty excited. The title is Trabajo, conocimiento y vigilancia. 5 ensayos sobre tecnología (“Work, Knowledge, and Surveillance. Five essays on technology”) and it has been edited by Khantuta Muruchi, to whom goes my gratitude.

The chapters featured in this book are: A History of Virulence: The Body and Computer Culture in the 1980s (initially published in the journal Body & Society, 2010); The Wikipedian, the academic, and the vandal, (initially published in the book “Wikipédia, objet scientifique non identifié”, 2015); Four Theses on Digital Mass Surveillance and the Negotiation Of Privacy (initially presented at the 8th Annual Privacy Law Scholar Congress, Berkeley, USA, 2015); Is There a Global Digital Labor Culture? Marginalization of work, global inequalities, and coloniality (initially presented at the 2nd symposium of the PARGC, University of Pennsylvania, Philadelphia, USA, 2016);  Artificial Intelligence: will humans replace robots? (unpublished).

What else… I’ll be travelling to the Salar de Uyuni, the world’s largest salt desert and the host of one of the biggest plants for the processing of lithium. Seems pretty remote from my topics, doesn’t it? And yet it has to a lot to do with the continuities between material and immaterial economies. In an essay published in 2016 in the Monthly Review, Christian Fuchs argued that present-day international division of digital labor involves “human subjects using technologies of labor on objects of labor” produced by assembly workers building digital equipments using natural resources as inputs. Thus, “the very foundation of global digital labor” is the extraction and processing of minerals.

In particular, recent researches have highlighted the importance of Rare earth elements (REE) and critical metals in the energy transition. And this is where countries like Bolivia come into play. Such minerals are crucial parts of the digital transformation that is at the heart of my research activity. In particular, lithium impacts both automation and digital labor. Imagine a 100% electric vehicle world: lithium demand would multiply by thirty to propell the cars. When it comes to mobile phones batteries, lithium is of capital importance: users worldwide are expected to exceed five billion by next year, thus lithium’s demand is expected to increase +2898% according to a recent UBS estimate. To start looking into how REE mining influences information production, I decided to visit the plantas de industrialización de litio in the Salar de Uyuni (which, incidentally, looks pretty lunar this time of the year, with temperatures plummeting to -10 at night…).

So whish me good luck and buen viaje and stay tuned for more info from South America.

[Video] Une théologie politique des plateformes numériques (Québec, Canada, 24 mai 2018)

Vidéo de la conférence “De quoi une plateforme numérique est-elle le nom ? Généalogie historique et récupération économique” que j’ai donné le 24 mai 2018 à Québec dans le cadre des Journées du LabCMO. (Sur ce sujet voir aussi mon billet de décembre 2017).

Résumé

Sur les cendres de l’entreprise du XXe siècle s’érige le nouveau paradigme socio-technologique de la plateforme numérique. Elle se définit comme un mécanisme neutre qui démocratise l’accès autant à des ressources matérielles (des produits, des services) qu’à des objets informationnels (des contenus, des données). Pour coordonner ses différentes composantes, elle a recours à des méthodes algorithmique basées sur le traitement de masses de données personnelles issues des comportements, des échanges et des évaluations en ligne de ses utilisateurs. Une caractéristique essentielle (mais problématique) des plateformes est leur prétention à incarner des valeurs d’exactitude technique et de neutralité morale. Il est donc urgent de dresser une généalogie de ce paradigme, en remontant aux sources philosophiques et politiques de la notion même de plateforme, et de pointer les défis qui accompagnent ces nouveaux dispositifs. Le concept de plateforme s’avère inscrit dans la théologie politique du XVIIe siècle, au croisement de la philosophie de Francis Bacon et de la pensée des premiers anarchistes anglais. Des commons agraires à Uber, de la Nouvelle Atlantide à Google, la plateforme numérique contemporaine n’est pas une simple métaphore, mais l’évolution d’un concept dont l’histoire s’avère fascinante – et dont les promesses de dépassement du travail salarié et d’abolition de la propriété privée restent encore à honorer.

We need a political subject capable to think an alternative to digital labor (interview Green European Journal, vol. 17, 2018)

[Update: this interview has been translated in portuguese by Priscila Pedrosa]
An interview with Yours Truly and political activist Lorenzo Marsili, published in vol. 17 (“Work on the Horizon: Tracking Employment’s Transformation in Europe”), pp. 80-88 of the Green European Journal. You can download the entire issue here.

Earn Money Online: The Politics of Microwork and Machines

With hype around automation and robotisation at fever pitch, many argue that we will soon see mass labour disappear altogether. Sociologist Antonio Casilli begs to differ. Work is not disappearing, he argues in this interview with Lorenzo Marsili, but is being transformed by the giants of the digital economy. Understanding how the world of work is changing, and in whose interest, is the key political question of the future.

Lorenzo Marsili: You claim that fears of automation are one of the most recurrent human concerns. Do you think the alarm about “robots taking our jobs” should be toned down?

Antonio Casilli: We are afraid of a ‘great substitution’ of humans by machines. This is quite an old concept, one we can trace back to early industrial capitalism. In the 18th and 19th centuries, thinkers like Thomas Mortimer and David Ricardo asked whether the rise of steam power or mechanised mills implied the “superseding of the human race.” This vision was clearly a dystopian prophecy that was never realised in the form originally predicted.

But when jobs were lost, it was because managers and investors decided to use machines – as they still do – as a political tool to put pressure on workers. Such pressures serve to push down wages and, by extension, to expand the profits made by capital. Machines therefore have a precise ideological alignment that typically benefits the part of society which possesses financial means, at the expense of that which works. As a result, the rhetoric around machines as inevitable and neutral job destroyers has been used for two centuries to squeeze the workforce and silence its demands. The discourse that surrounds automation today, with the accompanying fear of robots, is a reproduction of this same rhetoric.

Let’s take a step back. The ‘gig economy’ has become synonymous with underpaid, precarious employment. You choose to focus on the concept of the ‘microtask’. What does this concept refer to?

Microtasks are fragmented and under-remunerated productive processes. Examples include translating one line of a one-page text, watching 10 seconds of an hour-long surveillance video, and tagging the content of five images. Microworkers are usually paid a few cents per task. These tasks are usually posted on microwork platforms which function as labour markets or job search websites. Microworkers can choose the task they want to perform and are allocated a few minutes to complete it. Microtasks are becoming increasingly important in domains as wide-ranging as marketing, computer vision, and logistics, to name just a few. One of the smallest microtasks is the single click, which can be paid as little as one thousandth of a dollar.

The rhetoric around machines as inevitable and neutral job destroyers has been used for two centuries to squeeze the workforce and silence its demands

Are we talking about a significant new phenomenon or is it more of a niche area?

We are faced with a statistical problem when investigating microwork, one shared with the gig economy and indeed every type of informal, atypical, or undeclared work. Their scale and pervasiveness are difficult to gauge with the usual statistical resources such as large-scale surveys, models like the Labour Force Survey, data from the International Labour Organization, or businesses themselves supplying information voluntarily. As far as microwork alone goes, estimates vary wildly. The most conservative, like those of the World Bank, point to just 40 million microworkers. The most exaggerated, meanwhile, describe 300 million in China alone. Personally, I would estimate that there are around 100 million such workers in the world. But the real question is whether these 100 million are the seeds of a much broader tendency. If microwork indicates a way of working that is becoming the norm, how many workers are transforming into microworkers?

And would you say that all work is starting to resemble microwork?

If we look in detail at the evolution of a few particular professions, we can see that they are becoming fragmented and standardised. Take journalists and graphic designers. Instead of producing a campaign, an investigation, or some other project, like 10 or 20 years ago, they find themselves increasingly tasked with producing a small part of a larger project. They are assigned microtasks, to edit a line or to change the colour in a logo, while the rest is distributed to other people. The future of journalism is not threatened by algorithms that write pieces in place of humans, but by the owners of ‘content mills’ that do not demand entire articles but three lines which are used to optimise algorithms. Because the websites in which these texts appear are found by search engines and not by readers, the texts are tailored with the algorithms in mind. Similar kinds of transformations seem to be taking place across a number of sectors.

One interesting aspect of these microjobs is the symbiosis between automated and manual processes. There are jobs that require ‘teaching’ machines and algorithms to make them more efficient for a given task, such as autonomous driving or image recognition. It seems like Star Trek in reverse, where it is no longer the machines that work for the humans but the humans that work for the machines.

In a certain sense, we are seeing the old idea that computers are there for us to command overturned. What’s happening now is that these objects that are a part of our everyday lives – our smartphones, our cars, our personal computers, and many more objects in our homes – are often used to run the automatic processes we call artificial intelligence. By artificial intelligence we mean processes that take decisions in a more or less automatic manner, and which learn, solve problems, and ultimately make decisions, including purchases, in our place. But the problem is that we have this false idea that artificial intelligence is intelligent from its very inception. On the contrary, artificial intelligence needs to be trained, which is why we use terms like ‘machine learning.’ But who teaches artificial intelligence? If we still think the answer is engineers and data scientists, then we are making a big mistake. What artificial intelligence really requires is a huge quantity of examples, and these come from our own personal data. The problem is that this raw information we produce needs to be refined, cleaned, and corrected.

So this is where microwork comes in?

Yes, who wants to do this degrading, routine work? Many people recruited by microwork platforms come from developing countries where the labour market is so precarious and fragmented that they accept minimal remuneration. In return, they perform tasks that might include, for example, copying down a car license plate to provide data for the algorithm managing motorway speeding tickets, or to recognise 10 images, which might be used to provide data on pattern recognition.

But how does this expansion of microwork relate to the stagnation of labour markets in the more advanced capitalist economies? In the UK, for example, there is almost full employment but jobs are increasingly precarious and wages flat.

There is a longer-term trend here that became marked at the end of the 20th century. It consists in the segmentation of the labour market through a pronounced division between ‘insiders’, those who work in ‘formal’ jobs, and ‘outsiders’, who live on ‘odd jobs.’ The so-called outsiders, who are used to moving from one job to another, are the first candidates on microwork platforms. What’s also happening, however, is that insider jobs are becoming less and less formal. The decline of formal work is the result of a political assault on the rights and numbers of salaried workers with the goal of increasing the profit share relative to the wage share. What we see as a result in Western labour markets is an ongoing movement of people from jobs that were traditionally in the formal sector into informal work. This trend is both a result of the huge wave of layoffs seen in recent years, as well as of the outsourcing of productive processes. Outsourcing sees people leave formal jobs to become informal providers for the same company that previously employed them. These people are sometimes asked to leave companies to create their own small businesses and become subcontractors of their former employer.

So labour is not so much destroyed as transformed. Can this development be explained by today’s new monopoly capitalism, with a few large monopolies each dominating a specific platform service?

I would say that there is a process of concentration of capitalism but I don’t agree completely with the notion of monopoly capitalism. I tend to follow the school of thought presented by Nikos Smyrnaios, a Greek researcher, who wrote a book about oligopolistic capitalism, specifically regarding online and digital platforms. The point of his analysis is that there is no such thing as a monopolistic approach to the digital economy. What actually happens is that, for structural and political reasons, these platforms tend to become big oligopolistic economic agents and tend to create what economists would describe as ‘oligopsonies’, or markets dominated by a few buyers, in this case buyers of labour. Thus a handful of big platforms buys labour from a myriad of providers, as happens on microtask services like Amazon Mechanical Turk. These platforms cannot become actual monopolies because they tend to compete amongst themselves.

Citizens are facing relentless efforts deployed by digital capitalists to fragment, standardise, and ‘taskify’ their activities

One way of describing it today is by using quick acronyms like the GAFAM (Google, Apple, Facebook, Amazon, and Microsoft). There are four or five big actors, big platforms, which despite being known for a specific product – whether it is the Google search engine or the Amazon catalogue – don’t really have a ‘typical’ product either. Instead, they are ready to regularly shift to new products and new models. Look at Google’s parent company, Alphabet: it trades in everything from military robot-dogs to think-tanks to fighting corruption. The only thing that is constant for these platforms across products and services is that they rely heavily on data and automated processes, that which we now call artificial intelligence. To capture the data they need to nourish the artificial intelligence they create and sell, they need people to create and refine this data. And so we are back to our role as digital producers of data.

So you would agree with the late Stephen Hawking: the problem is not the robots, but capitalism or, put differently, whoever controls the algorithmic means of production.

This has always been the main problem. The point today is that the algorithmic means of production have become an excuse for capitalists to take certain decisions that would otherwise cause popular uproar. If I were a CEO of a big platform and I declared that my intention was to “destroy the labour market”, I would of course provoke a serious social backlash. But if I said, “I’m not destroying anything, this is just progress, and you cannot stop it”, nobody would react. Nobody wants to be identified with obscurantism or backwardness, especially on the Western Left, whose entire identity is rooted in historical materialism and social progress. So the cultural discourse of “robots who are definitely going to take our jobs” is designed to relieve industrial and political decision-makers from their responsibilities, and to defuse any criticism, reaction, or resistance.

So we need to push against the portrayal of these transformations as natural or magical events, as opposed to political choices. As you know, in the 1970s there was an early re-reading of Marx’s Fragment on Machines, led by Toni Negri and others, which developed the idea of a ‘cognitariat’ as a new political class that could rise up from new forms of immaterial labour. Where do you think that a political force to contest top-down automation might come from?

My own personal history is rooted in a specific intellectual milieu: Italian post-workerism. Nevertheless, some of its hypotheses need to be critically reappraised. I can think of three in particular. The first one is the Marxist notion of a general intellect. With today’s platforms, we are not facing such a phenomenon. Our use of contemporary digital platforms is extremely fragmented and there is no such thing as progress of the collective intelligence of the entire working class or society. Citizens are facing relentless efforts deployed by digital capitalists to fragment, standardise, and ‘taskify’ their activities and their very existences.

The second point is that the bulk of ‘Italian theory’ is based on the notion of immaterial labour. But if we look at digital platforms, and the way they command labour, we see that there is no such thing as a dematerialisation of tasks. The work of Uber drivers or Deliveroo riders relies on physical, material tasks. Even their data is produced by a very tangible process, resting on a series of clicks that an actual finger has to perform.

And finally, we need to dispute the idea that such a political entity, a class of proletarians whose work depends on their cognitive capacities, actually exists. Even if it did, can we really characterise this political subjectivity as a cognitariat? If you read Richard Barbrook’s 2006 book The Class of the New, you’ll see there’s a long list of candidates for the role of Left-sponsored ‘emerging political subjectivities’, one for each time we experience technological or economic change. Between the ‘lumpenproletariat’, the ‘cognitariat’, the ‘cybertariat’, the ‘virtual class’, and the ‘vectorialist class’, the list could go on forever. But which one of these political and social entities is best suited to defending rights and advancing the conditions of its members? And more importantly, which is able to overcome itself?

What do you mean by overcome itself?

The world doesn’t need a new class that simply establishes digital labour and the gig economy as the only way to be. We need a political subject that is able to think about an alternative.

What do you think should be the role of the state? It seems that the only two national ecosystems trying to govern artificial intelligence are the US and China: Silicon Valley and the state-driven ‘Great Firewall of China’. Where does this leave Europe?

There is a question of what the role of the nation state is in a situation where you have a dozen big players internationally whose power, influence, and economic weight are so vast that in some cases they surpass those of the states themselves. Yet states and platforms are not competitors; they collude. U.S. multinationals are just as state driven as Chinese ones. U.S. government funds and big agency contracts have been keeping Silicon Valley afloat for decades. Moreover, there’s a clear revolving door effect: Silicon Valley CEOs going to work for Washington think tanks or for the Pentagon, like Google’s Eric Schmidt for example.

To be extremely blunt, states should heavily regulate these multinationals, but at the same time they should adopt a policy of extreme laissez faire when it comes to individuals, citizens, and civil society at large. Yet so far exactly the opposite has happened: generally speaking, states are repressing any kind of development or experimentation coming from civil society. They stigmatise independent projects by accusing them of being possible receptacles for terrorists, sexual deviants, and hostiles. Meanwhile, the big platforms are left free to do whatever they want. This situation has to change if we are to have actual political and economic progress.

Why Facebook users’ “strikes” don’t work (and how can we fix them)?

Another day, another call for a Facebook “users’ strike”. This one would allegedly run from May 25 to June 1, 2018. It seems to be a one-man stunt, though (“As a collective, I propose we log out of our Facebook…”). Also, it claims to be “the first ever” strike of this kind.

Yet, since the Cambridge Analytica scandal, new calls for strikes have been popping up every few days. As far as I know, the first one dates back to March 21 (although the actual strike is scheduled on May 18, 2018). The organizer is a seasoned Boston Globe journo, who likely just discovered what digital labor is and is SO excited to tell you:

“I like the idea of a strike, because we users are the company’s real labor force. We crank out the millions of posts and photos and likes and links that keep people coming back for more.”

On April 9, 2018 an an obscure Sicilian newspaper called a strike action (which, in Italian, sounds like “sciopero degli utenti di Facebook”). It actually turned out to be an article about the “Faceblock” which did take place on April 11, 2018. It was a 24-hour boycott against Instagram, FB and WhatsApp organized by someone who describe themselves as “a couple of friends with roots in Belgium, Denmark, Ireland, Italy, Malta, Mexico, the UK and the US” (a tad confusing, if you ask me).

Of course, May 1st was a perfect time to call for other Facebook strikes. This one, for instance, is organized by a pseudonymous “Odd Bert”, who also mentions a fictional Internet User Union (which seems to be banned by Facebook). This other one looked a bit like some kind of e-commerce/email scam, but produced three sets of grievances.

“On May 1st, 2018, Facebook users are going on strike unless the company agrees to the following terms:

A. Full Transparency for American and British Voters

  1. Facebook shares the exact date it discovered Russian operatives had purchased ads.
  2. Facebook shares the exact dollar amount Russian operatives spent on political ads.
  3. Facebook shares the 3,000+ ads that Russian operatives ran during 2016.
  4. Facebook reveals how many users saw the fake news stories highlighted by BuzzFeed.
  5. Facebook lets an independent organization audit all political ads run during 2016.
  6. Facebook gives investigators all “Custom Lists” used for targeting 2016 political ads.
  7. Facebook stops running paid political ads until January 1st, 2019.
  8. Mark Zuckerberg (CEO) and Sheryl Sandberg (COO) testify before Congress in an open-door (televised) session.
  9. Mark Zuckerberg and Sheryl Sandberg testify before the UK parliament.

B. Full Transparency and Increased Privacy for Facebook Users

  1. Facebook explains to users exactly what personal data is being used for advertising.
  2. Facebook asks users for itemized consent to use photos, messages, etc. for advertising.
  3. Facebook gives users the ability to see a “history” of all the ads they have viewed.
  4. Facebook lets an independent organization investigate all data breaches since 2007.
  5. Facebook agrees to be audited monthly to make sure it is complying with local laws.
  6. Facebook allows users to easily delete their “history” on the platform.

C. Better Safety for Children on Facebook

  1. Facebook increases the minimum age for Facebook users from 13 to 16.
  2. Facebook shuts down the Messenger Kids product.”

Users’ strikes are hardly new. In 2009, the Spanish social media Tuenti was concerned by a huelga de los usuarios against their terms of service. In 2015, Reddit users disrupted the platform when they revolted en masse in solidarity with a wrongly terminated employee. On Facebook, users’ collective action is inherent to the life of the platform, whose history is replete with examples of petitions, lawsuits, and class actions. After the introduction of Beacon in 2007, a 50,000-strong petition led to its discontinuation. In 2010 several users’ groups organized and lobbied US senators and the Federal Trade Commission (FTC) to oppose the introduction of the ‘like’ button social plugin on external websites. In 2011, the association Europe versus Facebook filed numerous complaints with the Irish Data Protection Commissioner (DPC) and a class action which is presently discussed by the Court of Justice of the European Union. In 2016, the real-life protests and general mobilization against the introduction of Free Basics in India led to its successful ban by the telecommunication authority TRAI, over net neutrality and privacy concerns.

As my co-authors and I argued in our 2014 book Against the Hypothesis of the ‘End of Privacy’, the adoption of pervasive data collection practices by social platforms has been highly contentious, with frequent and cyclical privacy incidents followed by strong mass reactions. What these reactions have in common is that they are strategic, organized, collectives actions that rely on existing communities. Which could provide essential clues as to why the 2018 Facebook strikes are so ineffective. Their do not seem to be organized by active members of existing communities and they certainly do not engage with elected officials or institutional bodies. They are launched by journalists, startup bros, anonymous users trying to get noticed. These persons’ idea of grassroots is a naive one: one heroic individual (or a nonexistent “union”) sparks a revolt, hence the masses follow.

Importantly, they seem to put excessive faith in strikes seen as their only available tactic. A recent article published by a group of Stanford and Microsoft computer scientists captures this romanticized vision of “powerful” industrial actions where users stand hand in hand and nobody crosses the picket line:

“Data laborers could organize a “data labor union” that would collectively bargain with siren servers. While no individual user has much bargaining power, a union that filters platform access to user data could credibly call a powerful strike. Such a union could be an access gateway, making a strike easy to enforce and on a social network, where users would be pressured by friends not to break a strike, this might be particularly effective.”

Nevertheless, as past experiences on social platforms have taught us, successful actions adopt a specific repertoire of contention dominated not by strikes (which are usually costly and difficult to coordinate) but by lobbying and litigation. If we expect Facebook users grievances to be heard, a comprehensive and wide-ranging strategy is necessary to boost their rights. Community, organization, and the selection of effective tools are the three pillars of collective action.

Une loi sur les fake news : à quoi bon ? Tribune dans L’Obs (1 mars 2018)

Si la notion de « fausse nouvelle » est déjà définie par la loi sur la liberté de la presse de 1881, la « loi de fiabilité et de confiance de l’information » annoncée par Emmanuel Macron en 2018 va soi-disant obliger les plateformes numériques à plus de transparence sur les contenus sponsorisés. Toutefois, nous ne connaissons pas suffisamment bien les modes de diffusion de l’information problématique, ni les incitations économiques des grandes plateformes étrangères et des petits producteurs de faux contenus et fausses intéractions qui peuplent leurs écosystèmes. “L’Obs” a demandé à trois intellectuels (Slavoj Žižek, Emmanuel Todd et moi-même) de réfléchir à ce problème qui touche à la nature même du débat public en démocratie.

L’Obs

jeudi 1 mars 2018 – p. 91,92,93,94

Faut-il une loi sur les “fake news” ?

Par ANTONIO CASILLI

A l’heure où le gouvernement veut légiférer sur les fausses informations, le sociologue et spécialiste d’internet Antonio Casilli explique comment elles se fabriquent, et révèle les dessous d’un marché mondial.

Les colporteurs, d’après l’édition 1751 de l’« Encyclopédie », étaient « anciennement des gens de mauvaise foi qui rodoient de ville en ville, vendant & achetant de la vaisselle de cuivre, d’étain, & autres semblables marchandises ». Un peu marchands, un peu charlatans, ils vendaient du rêve sous forme de livres et de gazettes truffées d’histoires mêlant le monstrueux au prodigieux. Il serait aisé de tracer un parallèle historique entre la littérature de colportage et les fake news actuelles. L’Histoire pullule d’exemples de systèmes organisant la circulation d’informations non vérifiées. Citons les écrits apocryphes de l’Antiquité, qui entretiennent des similitudes avec les « faits alternatifs » et les théories complotistes actuelles, ou encore l’invention de la dezinformatsiya dans le « bureau spécial de désinformation » du KGB créé par Staline en 1923, et qui a servi de modèle à la production active d’ignorance et de confusion à des fins politiques. Mensonges et propagande ont toujours fait partie de la sphère publique. A première vue, les traits distinctifs des fake news ne ressortent pas de manière évidente. Même en admettant que la propagation actuelle de rumeurs et contre-vérités s’inscrive dans un cadre culturel et technologique inédit, dominé par les médias numériques, la cause de cette confusion généralisée demeure inconnue. Est-ce la possibilité que le web offre à n’importe qui de publier n’importe quoi qui ébranle la capacité des citoyens à se forger une opinion éclairée? Ou alors, comme le rappelle le chercheur Nikos Smyrnaios, serait-ce l’opinion largement partagée d’une presse soumise aux pouvoirs économiques et politiques qui pousse les publics à rechercher « une information “alternative”, pour le meilleur et pour le pire » ? Quelle qu’en soit la raison, la perte de légitimité des médias traditionnels a créé un appel d’air pour la production de fake news. Mais contrairement à ce qu’on dit souvent, leur diffusion n’est pas le fait de hordes de « colporteurs numériques » venus répandre librement leurs fausses nouvelles. C’est bien la manière dont les grandes plateformes numériques, comme Google ou Facebook, ont décidé de sélectionner l’information qui pose problème.

Les modèles économiques des médias sociaux s’appuient sur des régies publicitaires comme AdSense et AdWords de Google ou Audience Network de Facebook, qui collectent et mettent à profit les informations personnelles de leurs usagers : historiques de navigation, listes d’amis, localisation géographique, visionnages de vidéos ou « J’aime » sur des photos constituent cette fameuse data que vont monnayer les Gafam [Google, Apple, Facebook, Amazon et Microsoft]. Dès lors que les médias sociaux ont intérêt à retenir leurs abonnés le plus longtemps possible pour collecter davantage de données personnelles, ils finissent par mettre en place des incitations économiques qui favorisent les contenus sensationnalistes. Dans le jargon des annonceurs, les histoires outrancières seraient plus sticky, plus « collantes ». Les contenus doivent émouvoir et polariser les opinions pour constituer une occasion de partage, d’engagement de l’attention, d’échanges entre amis et ennemis sur les médias sociaux – qu’importe leur degré de fiction. Cet intérêt pour l’attention des internautes pousse les producteurs d’information en ligne à se débarrasser des standards éthiques et des méthodes d’autorégulation qui avaient caractérisé le journalisme d’avant internet.

La ville de Veles, en Macédoine, en donne un exemple flagrant. Sans grande perspective d’emploi dans cette cité désindustrialisée, des jeunes ont mis en ligne des sites tels que TrumpVision365.com, USConservativeToday.com, DonaldTrumpNews.co, qu’ils ont utilisés comme base pour propager sur Facebook des millions de mèmes. Ces images cocasses ou choquantes, propageant des mensonges sur les adversaires politiques du candidat républicain, ont généré des flux de revenu publicitaire qui ont permis à ces adolescents, souvent en rupture scolaire, de joindre les deux bouts. Les modèles économiques des plateformes numériques ne favorisent pas tant la militance spontanée émanant de la base d’un parti, que des campagnes de propagande et de dénigrement montées de toute pièce. Les Américains les désignent par le néologisme crowdturfing, issu du terme anglais crowd (« foule ») et de la marque de gazon artificiel AstroTurf.

Mais l’artificialité du phénomène ne réside pas là où on le croit. Car ces contenus factices ne sont généralement pas créés par des « bots » – des agents automatiques, trop vite repérés par les filtres anti-spam des plateformes et par les usagers avec lesquels ils sont censés interagir. Les propagateurs sont en réalité des faux comptes animés par des êtres humains, qui la plupart du temps n’ont que faire de l’opinion politique des images ou textes qu’ils diffusent. Les faux followers, par exemple, sont créés par des internautes qui s’abonnent volontairement à une page, une chaîne, un compte en échange d’un micropaiement. Vu que pour le reste, leurs comportements sont ceux d’usagers communs, il est difficile de les détecter. En outre, ils peuvent influencer les électeurs par leurs messages et comportements. Le crowdturfing vise à produire des vagues de trafic et de viralité de l’information qui servent à « amorcer la pompe ».

Les campagnes électorales à l’heure des grandes plateformes se basent donc sur des masses grandissantes d’influenceurs numériques qui se font passer pour des militants mais sont essentiellement motivés par l’appât du gain. Ce phénomène ne se résume pas à la production d’intox : l’interaction sociale qui accompagne les fake news est tout aussi importante que leur contenu. Il existe sur internet des plateformes de crowdturfing où l’on achète à prix cassé commentaires, partage et retweets de messages haineux ou diffamatoires. Moyennant des paiements d’à peine quelques centimes d’euro, les experts en marketing politique peuvent recruter des myriades d’ouvriers du clic pour assurer la circulation des fake news, ou les faire remonter dans le référencement des moteurs de recherche et dans les tendances émergentes des médias sociaux. Pendant la présidentielle française de 2017, le chercheur belge Nicolas Vanderbiest a pu détecter sur Twitter des réseaux d’influence nationaux (Patriosphère, Sens Commun, etc.) et internationaux (provenant des Etats-Unis, de la Russie, et même de l’Arabie saoudite), qui ont vraisemblablement acheté le travail de foules de faux militants pour mettre en avant les hashtags #MacronLeaks, #PenelopeGate, etc.

La majorité de ces ouvriers du clic opèrent depuis chez eux et sont recrutés sur des services en ligne tout à fait légitimes comme UpWork ou FreeLancer. Selon une étude de l’université de Santa Barbara, entre 70% et 95% des requêtes négociées sur certaines plateformes de microtravail (MinuteWorkers, ShortTask, MyEasyTask, MicroWorkers) consistent en la création de faux profils, faux avis, faux liens vers sites web, etc. L’origine géographique des acheteurs de clics (Etats-Unis, Canada et Royaume-Uni, mais aussi France, et Espagne) et celle des producteurs (Bangladesh, Pakistan, Népal, Indonésie, Sri Lanka, Inde, Kenya, Madagascar) reproduit des tendances globales de délocalisation de « sales boulots » vers des zones du monde où la force de travail est marquée par une forte vulnérabilité à l’exploitation. Partager des messages de haine, faire augmenter le compteur de visionnage d’une vidéo diffamatoire voire créer des profils qui s’abonnent au fil d’une personnalité de l’extrême droite xénophobe : voilà les tâches que ces travailleurs se voient proposer. Selon les révélations de Business Insider, en 2015 Donald Trump aurait acheté près de 60% des fans de sa page Facebook aux Philippines, en Malaisie et… au Mexique.

Les grands médias sociaux jouent un rôle extrêmement ambigu dans cette économie du clic. D’une part, Facebook et Google s’engagent depuis 2016 dans des remaniements réguliers de leurs algorithmes de référencement et de ciblage publicitaire afin de corriger les biais qui ont permis aux fake news de se répandre et ils s’adonnent depuis toujours à des « purges » de faux profils, voire proscrivent les utilisateurs ayant recours aux plateformes de crowdturfing. Mais, d’autre part, le réseau de Mark Zuckerberg semble fonctionner grâce à des mécanismes d’achat de visibilité qui entretiennent de nombreuses similitudes avec le fonctionnement des usines à faux clics.

Entre 2012 et 2014, des experts ont mené des expériences à partir de pages-appâts conçues pour attirer des lecteurs. Tous arrivent à la même conclusion : l’essentiel des profils ayant partagé leurs contenus ont des comportements suspects, ils sont fans de milliers de marques et de personnalités politiques disparates situées en Inde comme en Amérique du Nord. Autre conclusion de ces expériences : ces faux clics ne sont pas un détournement mais bien le résultat de la politique commerciale de Facebook Facebook ne vend pas directement du clic, mais propose à ses usagers de « booster leurs publications », voire d’en augmenter la visibilité moyennant un petit paiement. Or selon ces mêmes experts, ce visionnage vendu par Facebook provient des mêmes pays en voie de développement. C’est ainsi que le crowdturfing chassé des profils reviendrait par la fenêtre de la publicité. Cela redimensionne considérablement les prétentions d’authenticité de l’information qui circule sur ces réseaux. La distinction entre expression politique « artificielle » et « vraie conviction » devient floue. Sans vouloir entrer dans les débats philosophiques sur « ce qu’est la vérité », il nous faut admettre une chose : les fake news mettent à mal la possibilité de s’entendre sur la réalité même d’une action politique bien informée, indépendante des logiques commerciales et dans laquelle les intermédiaires politiques et culturels opéreraient de manière transparente.

Toute intervention législative sur les fake news qui manquerait de prendre en compte ces aspects serait destinée à l’échec. Au lieu de cibler exclusivement les petits dealers de mal-information, il est nécessaire de se concentrer sur leurs mandataires et sur les infrastructures techniques qui rendent possible leur action. Il faudrait par exemple établir l’obligation, pour les formations politiques, de publier un « bilan numérique » faisant état des dépenses et de la nature de leur marketing politique sur internet, de façon à les décourager d’effectuer des opérations clandestines à base de marchandage de clics. Tout comme les médias audiovisuels adoptent une règle d’égalité du temps de parole des candidats pour garantir le pluralisme, il est urgent de s’assurer que les partis politiques n’obtiennent pas subrepticement du « temps de cerveau » supplémentaire en achetant des tweets, des « like » et des contenus viraux lors des campagnes.

Mais la responsabilité informationnelle des organisations politiques doit se conjuguer avec un renouvellement des modèles économiques des médias sociaux numériques, qui ont reposé jusqu’à présent sur l’expropriation des données personnelles de leurs usagers à des fins publicitaires et sur la mise en place de longues chaînes de sous-traitance de tâches informationnelles vers des pays dits « du Sud ». C’est non seulement leur viabilité économique, mais aussi leurs admissibilités politique et éthique qui doivent être aujourd’hui questionnées. Une dernière recommandation politique concerne alors la défense des droits des travailleurs du clic, non pas pour normaliser le système du crowdturfing mais pour s’en affranchir. Le respect des normes internationales du travail, la garantie pour ces travailleurs d’une rémunération équitable et de conditions de travail décentes – bref la possibilité de résister au chantage au travail à la micro-pièce – constituerait un levier de négociation qui leur permettrait de refuser de contribuer au système des fake news. Reconnaître le travail invisible de ces ouvriers du clic et les doter de méthodes pour se protéger et pour faire entendre leurs voix, est aussi – et avant tout – un enjeu de citoyenneté globale.